Eso está mucho mejor. Se estremece y contempla el humo verde salir de la pipa. Por su cráneo pasan nubes, todo se oculta y reaparece como siempre, como si el tiempo nunca hubiese pasado.
Un murmullo recorre la cocina, viva de nuevo como antaño. Una quincena de magos están sentados junto a él en el hogar. En el centro ya no hay mesa, arden azules las brasas de una hoguera mágica, templada y hermosa. Su humo asciende hasta ser engullido por la enorme campana de hierro. Huele a madera quemada, a hollín, a potaje y a tabaco de pipa. Aspira con fuerza y contempla como el viejo, justo enfrente de él se levanta y carraspea. Cuenta un chiste ¿Cuál? ¿Acaso importa? Se sienta, todos ríen, alguien saca un arpa mágica y empieza a tocar una suave melodía. Risas, bullicio, orujo de brezo, y de pronto silencio. Solo un pitido de fondo que le indica al mago que sus oídos aún funcionan.
-No esperaba encontrarte de vuelta tras tanto tiempo- Clara y cercana rebota la voz del único que repara en la presencia del mago.
Verde como el musgo, y bajo sus amplias mangas, las manos de dedos largos sostienen una pipa de madera retorcida y cazuela amplia. Sobre el chal cae descuidadamente cuidada una barba que bien podría ser crin de caballo, al igual que la melena castaña que cae sobre su espalda, hombros y cara dejando solo a la vista un ojo oscuro y brillante.
-¿Quién eres?- el mago está conmocionado, uno nunca acaba de acostumbrarse a que se dirijan a él sin emplear el tono vacilante y nebuloso de sus alucinaciones. Es demasiado real, tan parecida como lejana de los rumores que siempre oye cuando vuelve, pero que nunca consigue descifrar.
-Kroma, del valle. Puede que tu mente consciente no se acuerde de mí, pero era amigo de tu padre.
-No era mi padre- esto lo pronunció con un cierto resentimiento. El viejo le había cuidado desde… aunque tratara de hacer memoria, el mago no conseguía recordar la parte de la historia en la que el viejo le contaba como y por qué acabó bajo su cuidado- El viejo no era mi padre.
-Lo sé, solo que no encontraba otra palabra más adecuada.
-¿Y que estás haciendo aquí?
-Supongo que lo mismo que tú: recordar. Pero ahora he de irme- se pone en pie, es alto, y bajo su túnica asoman unas alpargatas desteñidas – No obstante, si necesitas algo, llámame, no andaré lejos.
Para cuando el mago hubo almacenado la suficiente energía mental como para poder responder algo coherente, Kroma ya no estaba. No había desaparecido, sin más, se había ido. Puede que el mago llevase tan solo diez segundos ahí sentado, puede que llevase una hora, o puede incluso que siempre hubiese estado ahí, derrumbado sobre la silla de mimbre sosteniendo la pipa de hierro. Mira en derredor, oscuro, vacío, solo, otra vez solo. Quizás sea verdad y no esté acostumbrado a estar vivo, y por eso se recree en verse sufrir en soledad, contemplando el pasado con nostalgia y aflicción… y eso que apenas roza la veintena.
Se levanta, se tambalea y sale de la cocina con los brazos extendidos para no caer. Asciende las tortuosas escaleras, y lo nota, nota como la cabaña cambia de forma, está viajando de nuevo, pero el mago no está lo bastante lúcido como para saber a donde se dirige. Se agarra a una estantería para no caer. Sus ojos no enfocan, las gafas le son inútiles, y en medio de un borrón surrealista cruza interminables pasillos de madera, libros, trastos y sombras. Le contemplan armaduras samurái cubiertas de polvo, cornamentas de ciervos, cráneos, volúmenes quemados de magia del átomo, y sobre todo libros, de toda clase y condición son testigos de como el mago se tambalea por los pasillos alfombrados. La cabaña forma parte de la mente de su dueño, y desde que el viejo la dejó, el desorden mental del mago imperaba en ella. Ya no importa que dirección tome, va justo a donde quiere ir, y al final, la biblioteca se contrae y lo escupe sobre el pasillo que conduce al cuarto de baño. Entra, y sus ojos vuelven a funcionar aceptablemente. Hay un lavabo, un retrete y una bañera. Absolutamente todo está manchado de los más diversos colores del óxido y de la alquimia. Hay frasquitos en las repisas, y el mago no sabe para que sirve ninguno. Compone una sonrisa mientras coge dos al azar y los vierte sobre la bañera mientras que con un ademán elocuentemente mágico hace que del grifo de la bañera con forma de dragón comience a salir agua caliente. No recuerda haberse desvestido, pero sus pantalones de cuadros escoceses cuelgan del lavabo, al igual que su camiseta con el símbolo del fuego trazado en rojo.
Se estremece al sentir el calor, y se sumerge en los estanques más profundos de su mente. Y ve cosas, cientos de cosas que circulan a su alrededor.
Se haya ingrávido en la más absoluta y envolvente oscuridad. El murmullo del mar profundo le recorre como si fuese parte de él mismo. No lleva las gafas, no las necesita, y cuando sus ojos cuasi bizcos se acostumbran a la oscuridad, empieza a verlas. Medusas luminosas, pequeñas, con su hipnótico movimiento a merced de las corrientes marinas. La corriente le lleva, no se resiste, no puede, no quiere. Está tan bien así…
Una ola rompe sobre él y rueda sobre la orilla. Es como salir del mar, pero al mismo tiempo seguir perdido en sus profundidades. Tumbado sobre la arena contempla el cielo azulado, amarillento, violeta, anaranjado, apagado, opaco. Parece compuesto de la misma materia que la arena que se pega a su espalda. Y en el centro de su cielo una espiral galáctica gira en torno a un sol negro. El agua cristalina le pasa por encima con cada ola, no se mueve. Está tan cómodo ahí, sin pensar, sin sentir, apenas siendo.
Se mueve, no lo ha querido, no lo ha pensado, no se ha negado. Sus pasos le conducen por la arena de esa playa infinita sobre la que el mar descarga perezosos manotazos. Se encuentra en el centro de una enorme sintonía, lo nota. Acordes de mar hacen eco en sus sienes ¿Acordes? Sintió un mareo, y vio al guitarrista, al fondo, azul y sereno, sentado en la arena. Corre hacia él. Se siente flotar, casi a cámara lenta sus pies descalzos caen sobre la arena una y otra vez. Su cabello ondea, como si estuviese bajo el mar ¿Acaso ha salido del mar en algún momento? No sabe cuanto ha corrido, pero llega hasta el guitarrista, que arranca acordes azulados de su guitarra eléctrica. Es azul, viejo y sus dedos trazan la música como si acariciase el viento del fondo del atlántico. Sus manos dibujan el mástil y su pie toca pausado. La melodía ha cambiado. Quizás siempre fue así. El mago lo contempla, embelesado. Bajo el sombrero de paja el rostro del guitarrista se ve demacrado, de pómulos hundidos, cabellos de plata y ojos perdidos en las profanidades de su guitarra. El mago no puede dejar de escuchar su melancólica melodía, pero de pronto comienza a sentirse mal. Su visión comienza a nublarse y cae, y cae, y la arena le recibe en su abrazo. El mar comienza a tragarle. Está mal, pero está tan cómodo.
Cierra los ojos, y de pronto volvió a su mente, volvió a abrir los ojos y sacó los brazos para asirse a los bordes de la bañera. Sacó la cabeza, se aferró con más fuerza al borde y vomitó el océano sobre el suelo. Tosió y llenó los pulmones de aire. El agua de la bañera estaba fría, él estaba terriblemente frío, pero estaba vivo.
Te ha quedado bien la impresión de que está fumado. El problema es que repites varias veces el mismo verbo en una misma línea. Pero por lo demás está bastante bien, aunque cuesta un poco seguir las derscripciones de la casa.
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