martes, 8 de mayo de 2012

Mar profundo

     Eso está mucho mejor. Se estremece y contempla el humo verde salir de la pipa. Por su cráneo pasan nubes, todo se oculta y reaparece como siempre, como si el tiempo nunca hubiese pasado.
     Un murmullo recorre la cocina, viva de nuevo como antaño. Una quincena de magos están sentados junto a él en el hogar. En el centro ya no hay mesa, arden azules las brasas de una hoguera mágica, templada y hermosa. Su humo asciende hasta ser engullido por la enorme campana de hierro. Huele a madera quemada, a hollín, a potaje y a tabaco de pipa. Aspira con fuerza y contempla como el viejo, justo enfrente de él se levanta y carraspea. Cuenta un chiste ¿Cuál? ¿Acaso importa? Se sienta, todos ríen, alguien saca un arpa mágica y empieza a tocar una suave melodía. Risas, bullicio, orujo de brezo, y de pronto silencio. Solo un pitido de fondo que le indica al mago que sus oídos aún funcionan.
     -No esperaba encontrarte de vuelta tras tanto tiempo- Clara y cercana rebota la voz del único que repara en la presencia del mago.
     Verde como el musgo, y bajo sus amplias mangas, las manos de dedos largos sostienen una pipa de madera retorcida y cazuela amplia. Sobre el chal cae descuidadamente cuidada una barba que bien podría ser crin de caballo, al igual que la melena castaña que cae sobre su espalda, hombros y cara dejando solo a la vista un ojo oscuro y brillante.
     -¿Quién eres?- el mago está conmocionado, uno nunca acaba de acostumbrarse a que se dirijan a él sin emplear el tono vacilante y nebuloso de sus alucinaciones. Es demasiado real, tan parecida como lejana de los rumores que siempre oye cuando vuelve, pero que nunca consigue descifrar.
     -Kroma, del valle. Puede que tu mente consciente no se acuerde de mí, pero era amigo de tu padre.
     -No era mi padre- esto lo pronunció con un cierto resentimiento. El viejo le había cuidado desde… aunque tratara de hacer memoria, el mago no conseguía recordar la parte de la historia en la que el viejo le contaba como y por qué acabó bajo su cuidado- El viejo no era mi padre.
     -Lo sé, solo que no encontraba otra palabra más adecuada.
     -¿Y que estás haciendo aquí?
     -Supongo que lo mismo que tú: recordar. Pero ahora he de irme- se pone en pie, es alto, y bajo su túnica asoman unas alpargatas desteñidas – No obstante, si necesitas algo, llámame, no andaré lejos.
     Para cuando el mago hubo almacenado la suficiente energía mental como para poder responder algo coherente, Kroma ya no estaba. No había desaparecido, sin más, se había ido. Puede que el mago llevase tan solo diez segundos ahí sentado, puede que llevase una hora, o puede incluso que siempre hubiese estado ahí, derrumbado sobre la silla de mimbre sosteniendo la pipa de hierro. Mira en derredor, oscuro, vacío, solo, otra vez solo. Quizás sea verdad y no esté acostumbrado a estar vivo, y por eso se recree en verse sufrir en soledad, contemplando el pasado con nostalgia y aflicción… y eso que apenas roza la veintena.
     Se levanta, se tambalea y sale de la cocina con los brazos extendidos para no caer.  Asciende las tortuosas escaleras, y lo nota, nota como la cabaña cambia de forma, está viajando de nuevo, pero el mago no está lo bastante lúcido como para saber a donde se dirige. Se agarra a una estantería para no caer. Sus ojos no enfocan, las gafas le son inútiles, y en medio de un borrón surrealista cruza interminables pasillos de madera, libros, trastos y sombras. Le contemplan armaduras samurái cubiertas de polvo, cornamentas de ciervos, cráneos, volúmenes quemados de magia del átomo, y sobre todo libros, de toda clase y condición son testigos de como el mago se tambalea por los pasillos alfombrados.  La cabaña forma parte de la mente de su dueño, y desde que el viejo la dejó, el desorden mental del mago imperaba en ella. Ya no importa que dirección tome, va justo a donde quiere ir, y al final, la biblioteca se contrae y lo escupe sobre el pasillo que conduce al cuarto de baño. Entra, y sus ojos vuelven a funcionar aceptablemente. Hay un lavabo, un retrete y una bañera. Absolutamente todo está manchado de los más diversos colores del óxido y de la alquimia. Hay frasquitos en las repisas, y el mago no sabe para que sirve ninguno. Compone una sonrisa mientras coge dos al azar y los vierte sobre la bañera mientras que con un ademán elocuentemente mágico hace que del grifo de la bañera con forma de dragón comience a salir agua caliente. No recuerda haberse desvestido, pero sus pantalones de cuadros escoceses cuelgan del lavabo, al igual que su camiseta con el símbolo del fuego trazado en rojo.
     Se estremece al sentir el calor, y se sumerge en los estanques más profundos de su mente. Y ve cosas, cientos de cosas que circulan a su alrededor.
     Se haya ingrávido en la más absoluta y envolvente oscuridad. El murmullo del mar profundo le recorre como si fuese parte de él mismo. No lleva las gafas, no las necesita, y cuando sus ojos cuasi bizcos se acostumbran a la oscuridad, empieza a verlas. Medusas luminosas, pequeñas, con su hipnótico movimiento a merced de las corrientes marinas. La corriente le lleva, no se resiste, no puede, no quiere. Está tan bien así…
     Una ola rompe sobre él y rueda sobre la orilla. Es como salir del mar, pero al mismo tiempo seguir perdido en sus profundidades. Tumbado sobre la arena contempla el cielo azulado, amarillento, violeta, anaranjado, apagado, opaco. Parece compuesto de la misma materia que la arena que se pega a su espalda. Y en el centro de su cielo una espiral galáctica gira en torno a un sol negro. El agua cristalina le pasa por encima con cada ola, no se mueve. Está tan cómodo ahí, sin pensar, sin sentir, apenas siendo.
     Se mueve, no lo ha querido, no lo ha pensado, no se ha negado. Sus pasos le conducen por la arena de esa playa infinita sobre la que el mar descarga perezosos manotazos. Se encuentra en el centro de una enorme sintonía, lo nota. Acordes de mar hacen eco en sus sienes ¿Acordes? Sintió un mareo, y vio al guitarrista, al fondo, azul y sereno, sentado en la arena. Corre hacia él. Se siente flotar, casi a cámara lenta sus pies descalzos caen sobre la arena una y otra vez. Su cabello ondea, como si estuviese bajo el mar ¿Acaso ha salido del mar en algún momento? No sabe cuanto ha corrido, pero llega hasta el guitarrista, que arranca acordes azulados de su guitarra eléctrica. Es azul, viejo y sus dedos trazan la música como si acariciase el viento del fondo del atlántico. Sus manos dibujan el mástil y su pie toca pausado. La melodía ha cambiado. Quizás siempre fue así. El mago lo contempla, embelesado. Bajo el sombrero de paja el rostro del guitarrista se ve demacrado, de pómulos hundidos, cabellos de plata y ojos perdidos en las profanidades de su guitarra. El mago no puede dejar de escuchar su melancólica melodía, pero de pronto comienza a sentirse mal. Su visión comienza a nublarse y cae, y cae, y la arena le recibe en su abrazo. El mar comienza a tragarle. Está mal, pero está tan cómodo.
     Cierra los ojos, y de pronto volvió a su mente, volvió a abrir los ojos y sacó los brazos para asirse a los bordes de la bañera. Sacó la cabeza, se aferró con más fuerza al borde y vomitó el océano sobre el suelo. Tosió y llenó los pulmones de aire. El agua de la bañera estaba fría, él estaba terriblemente frío, pero estaba vivo.

martes, 14 de febrero de 2012

Un regalo de San Valentín

     Ha aterrizado en casa. Es decir, en el lugar del que procede su cabaña. No puso rumbo específico, pero lo supo sin siquiera mirar por la ventana. Se levantó de su escritorio dejando la partida a medias y bajó las escaleras aspirando el aire con olor a madera añeja. En el piso de abajo la oscuridad era casi total. Había conjurado las sombras sobre las ventanas para evitar que la realidad traspasara los muros de la cabaña. Tan solo un tímido rayo de luz entraba a través de la mirilla de la puerta cargada de cerrojos y cadenas. Caminó hacia la puerta con su habitual andar vacilante y echó un vistazo al buzón de hierro con forma de enorme sapo. Vacío. Hacía tiempo que a ese buzón solo llegaban los panfletos de los komis con sede no muy lejos de allí. Pero su paquete tendría que haber llegado ya, no debía ser muy pronto ¿o tal vez se hubiera equivocado de día? Tendría que llegar, lo necesitaba.
       Se sentía extraño: triste, oh, siempre estaba triste, pero ese día en especial, pero no era su tristeza resignada endémica, era auténtica melancolía. Suspiró, tosió y sacó un sucio calendario mágico de entre los muchos papeles que hacían archivo sobre el mueble junto a la puerta.
     -Catorce- se sorprendió al oír su propia voz tan diferente de la que usaba su mente. Demasiado vieja, demasiado oxidada por falta de uso-Catorce –tosió de nuevo y se recreó en cada sílaba- Ca-tor-ce-de-fe-bre-ro – de pronto una duda el asaltó.
     Corrió hacia el único reloj de la casa que funcionaba, el de la salita. Abrió la estantería que hacía las veces de puerta secreta y se paró en seco: allí estaba, como siempre. Lo contempló durante unos segundos recordando las tardes con el viejo desmontando aquel impresionante monstruo de hierro negro. Con centenares de engranajes de intrincadas y retorcidas formas giraba y se estremecía dando el aspecto de una enorme bestia mecánica. Se sentó sobre la mullida alfombra persa y se quedó contemplando el reloj con la cabeza ladeada. Los números destacaban entre la semipenumbra  con el naranja luminoso del carbón ardiente, haciendo vibrar el aire con un susurro tranquilizador.
      Cerró los ojos y se tumbó sobre la alfombra, oyendo los latidos mecánicos del corazón de su hogar. Y se entristeció, los oía apagados, marchitos y viejos. Recordaba cuando, hace no mucho tiempo las cosas habían sido bien distintas. Cuando el viejo murió, la casa, pues entonces aún era casa, murió en parte con él. Solo Krroj, el dragón de bolsillo se había quedado con el joven heredero. No sabía por que lo hacía, pero un impulso le obligaba a expresarse, a decir todo aquello que la voz de su mente le susurraba las pocas veces que le encontraba.
     -N… no sé si me oyes, pero quería que lo supieras- ahora que empezaba a hablar sentía como si otra fuerza contraria a la anterior le oprimiera el pecho y le silenciara. Continuó con un suspiro- quería que… quería decirte… que te quería, viejo, que siempre que…  nunca te… -una lágrima solitaria recorrió su cara y se hundió en el ecosistema de la alfombra- Nunca olvidaré lo que hiciste por mi… Yo… yo no sé, realmente no sé, no sé nada… Siempre imaginé la soledad diferente ¿Por qué? ¿Por qué, maldita sea? ¿Por qué te fuiste? ¿Sabes? Yo… yo era feliz, la gente, todos aquellos magos con los que te reunías a charlar, los… la gente… la vida- Por su mente pasaban recuerdos, imágenes de como era antes la cabaña, siempre llena de gente, de hechiceros fumando en pipa, de niños, de él mismo corriendo por el pasillo con otros niños, el bullicio, las cenas multitudinarias abajo en la cocina, canciones, música…
     -CLOMP- El mago pegó un brinco al oír aquel sonido como de vidrio estrellándose contra metal y se quedó acuclillado con el corazón en un puño. Sus gafas habían salido disparadas y las recogió del suelo.
     Todavía temblando corrió de vuelta a la puerta, donde unos gorjeos salían del sapo de hierro indicando que había correo. Metió la mano con ansia en la boca del sapo y la sacó en gesto triunfal sosteniendo un paquete alargado. Tras pensárselo unos instantes bajó las escaleras a la cocina y con un rápido gesto en el aire bajó la intensidad de la nube de luciérnagas mecánicas que danzaban por el denso aire de la cocina. No lametaba aquel soliloquio ante el reloj del viejo, pero se alegró de tener algo que hacer en vez de ponerse sacar los libros más melancólicos del archivo de su memoria.
      La cocina era una estancia grande, con estanterías llenas de tarros, libros y todo tipo de material de botica empotradas contra las paredes ennegrecidas por el humo y la grasa acumulada por los años.  Se respiraba un calor agradable, denso y dulce, como de chocolate con churros en una tarde de invierno. Era un lugar donde uno siempre se sentía mejor. Al fondo, la despensa, y a un lado, horno de leña  con una sartén portando los restos de la cena del mago. Pero era en el centro donde residía el alma de la cocina. Hundido a poco más de medio metro en el suelo de piedra pulida y opaca, está el hogar. El mago bajó los dos escalones y alzando la mano que tenía libre hizo un aspaviento. Al momento la nube de luciérnagas mágicas iluminó el hogar. Desde el techo pendía una campana de chimenea, como no, de hierro, con un cuidado grabado de dragones y bestias del fuego.  En el centro, la mesa redonda, que según contaba el viejo había pertenecido al mismo Arturo. El mago se dejó caer sobre una de las sillas de madera y junco que rodeaban la mesa y apoyó ruidosamente el paquete mal envuelto en papel de estraza sobre la tabla de madera surcada de cortes y quemaduras. Lo abrió y lo alzó para que la luz verde danzara sobre sus ojos a través de la botella de cuello alargado.
     -Hierba del valle- Trazó una cruz con el pulgar sobre el tapón de la botella y este saltó liberando un potente olor a hierba recién cortada. En su interior un líquido verde y viscoso se movía siguiendo corrientes mágicas residuales. Se sacó su pipa del bolsillo y abrió la reja con formas intrincadas de la cazuela. La pipa había sido del viejo, y como todo su arte, era de hierro negro sobre el que destacaban formas nebulosas como el humo que escapa de las fauces de un dragón dormido. Echó con cuidado unas hierbas al interior y vertió una pequeña porción del líquido con olor a campo - ¡Krroj!- llamó.
     Al instante dos pequeños ojos naranjas emergieron de la boquilla de una tetera de cobre que reposaba sobre una enorme quemadura en la mesa. El dragón de bolsillo salió de su guarida y reptó por la mesa hasta llegar al mago. Ascendió por su mano y se enroscó en su antebrazo, haciéndole estremecerse al notar el calor que desprendía aquel curioso animal. Desde lejos podría parecer un lución, largo y delgado, pero Krroj poseía una piel brillante como el cobre pulido y dos cuernos pequeños y afilados sobre la cabeza.
     -Bien, mi viejo Krroj- murmuró a tiempo que el dragón movía su cuello hasta la pipa que el mago sostenía con la mano- Esta va a ser una velada interesante- Krroj inspiró escupió un pequeño surtidor de llamas azuladas sobre el material pringoso de la pipa, que reaccionó ante el fuego y comenzó a despedir un humo denso,  verde y con un salvaje olor a tierra.

lunes, 6 de febrero de 2012

Donde siempre está oscuro

Ante todo, buenos días, tardes o noches. Aquí en la cabaña luce la luna llena, como cada lunes. Flota muy cerca de la estratosfera, sintiendo vibrar el universo a su alrededor. Una teja de pizarra se desprende del musgoso tejado y el viento la arrastra lejos, con la solemne intención de, muchos kilómetros por debajo, enviar a un turista sueco al cielo con la cabeza abierta como una sandía madura. Aún conserva su última sonrisa, y en sus ojos el reflejo inmortal de un cerezo rosa en flor.
Mientras tanto en las alturas, el mago inspira hondo, cruza la pequeña cabaña ,se detiene ante la estantería de madera apolillada y extrae de ella un vinilo en medio de una nube de polvo con olor a estrellas. Ama la música tanto como los estados de conciencia alterados, y es fan acérrimo de Pink Floyd. Lo coloca en el tocadiscos y se hunde en su butaca, al lado de la ventana con cortinas de mediaslunas. Dark side of the moon vuelve a sonar bajo la aguja de diamante. El reflejo de la luna cae directamente sobre los ojos del mago, descomponiendose en el arcoiris al rebotar contra sus gafas redondas. Los cierra para embriagarse de la música y sentir el ritmo del mundo empujar su cabaña por el firmamento como un ave extinta de piedra. Se adormece, y la bestia cambiaformas de su consciencia se estira como un gato dispuesto a la siesta. El mundo se desvanece a su alrededor y el mago retorna al mundo de los sueños, donde realmente siente. Oye la hmanidad agitarse:  ruidos, risas, gente corriendo, viajando por el mundo, de un lado para otro, corriendo contra una muerte de la que nunca se desprenderán. Corriendo, siempre corriendo con la angustia palpitando en cada martillazo de ruedecillas que mueven el mundo. El mago lleva siempre un reloj parado en el bolsillo para evitra que el tiempo le alcance. Monedas sin valor en la cartera, pesadas y brillantes corretean por sus dedos, multiplicándose a medida que caen sobre el suelo, tintineando la canción del progreso y la industrialización de la mente. Centellas de locura, cálidas, luminosas y multicolores le rodean. Rebotan contra su craneo generando los acordes del arte imperecedero, de la musa psicodélica que susurra la locura al oído del iluminado. De pronto su voz se vuelve púrpura y abre los ojos en medio del trance. La cabaña se ha parado, ya no hay luz, y se siente tranquilo, en calma, acogido por el paisaje desolado que le rodea. No lo ve, pero lo siente, lo sabe, está en la cara oculta de la luna.