Ante todo, buenos días, tardes o noches. Aquí en la cabaña luce la luna llena, como cada lunes. Flota muy cerca de la estratosfera, sintiendo vibrar el universo a su alrededor. Una teja de pizarra se desprende del musgoso tejado y el viento la arrastra lejos, con la solemne intención de, muchos kilómetros por debajo, enviar a un turista sueco al cielo con la cabeza abierta como una sandía madura. Aún conserva su última sonrisa, y en sus ojos el reflejo inmortal de un cerezo rosa en flor.
Mientras tanto en las alturas, el mago inspira hondo, cruza la pequeña cabaña ,se detiene ante la estantería de madera apolillada y extrae de ella un vinilo en medio de una nube de polvo con olor a estrellas. Ama la música tanto como los estados de conciencia alterados, y es fan acérrimo de Pink Floyd. Lo coloca en el tocadiscos y se hunde en su butaca, al lado de la ventana con cortinas de mediaslunas. Dark side of the moon vuelve a sonar bajo la aguja de diamante. El reflejo de la luna cae directamente sobre los ojos del mago, descomponiendose en el arcoiris al rebotar contra sus gafas redondas. Los cierra para embriagarse de la música y sentir el ritmo del mundo empujar su cabaña por el firmamento como un ave extinta de piedra. Se adormece, y la bestia cambiaformas de su consciencia se estira como un gato dispuesto a la siesta. El mundo se desvanece a su alrededor y el mago retorna al mundo de los sueños, donde realmente siente. Oye la hmanidad agitarse: ruidos, risas, gente corriendo, viajando por el mundo, de un lado para otro, corriendo contra una muerte de la que nunca se desprenderán. Corriendo, siempre corriendo con la angustia palpitando en cada martillazo de ruedecillas que mueven el mundo. El mago lleva siempre un reloj parado en el bolsillo para evitra que el tiempo le alcance. Monedas sin valor en la cartera, pesadas y brillantes corretean por sus dedos, multiplicándose a medida que caen sobre el suelo, tintineando la canción del progreso y la industrialización de la mente. Centellas de locura, cálidas, luminosas y multicolores le rodean. Rebotan contra su craneo generando los acordes del arte imperecedero, de la musa psicodélica que susurra la locura al oído del iluminado. De pronto su voz se vuelve púrpura y abre los ojos en medio del trance. La cabaña se ha parado, ya no hay luz, y se siente tranquilo, en calma, acogido por el paisaje desolado que le rodea. No lo ve, pero lo siente, lo sabe, está en la cara oculta de la luna.
Julian, cambia la letra o cambia el fondo. Si intento leer esto me quedaré ciego.
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